periodismo cultural y nueva obra

“A la vuelta”

 

 

UN VIAJE QUE SE 

                        VOLVIÓ LIBRO

 

 

 

La Posta del Libro fue el lugar elegido para presentar “A la vuelta”, un libro que narra el extenso periplo de los hermanos Nicolás y Germán Kronfeld por varios países del mundo.

Nacidos en el barrio montevideano del Parque Rodó, en 2013 decidieron lanzarse a la aventura de recorrer buena parte del planeta Tierra sin un peso en el bolsillo, pero con algunas ideas en cuanto a la manera de obtenerlo. El plan que diseñaron fue el de realizar un viaje por etapas cuya primera parte consistía en hacer pie en algún lugar donde fuera posible conseguir trabajo para aprovisionarse del dinero que precisaban.

Se decidieron por Australia por parecerles un sitio apropiado, y porque el Uruguay tenía un tratado con ese país que otorgaba visas de trabajo con los mismos derechos del trabajador australiano. En mente tenían poder realizar tareas en el área de la publicidad o del periodismo -profesiones en las que se habían especializado Germán y Nicolás respectivamente- pero debieron conformarse con hacer tareas de mozos o con juntar vasos sucios en el bar de la Ópera.

“Trabajamos mucho y aunque en principio teníamos pensado dirigirnos a Asia y visitar países como Tailandia, Vietnam, Filipinas, Laos o Camboya, optamos por ir a Nueva Zelanda, porque todo el mundo nos decía que era uno de los países más lindos del mundo. Con el dinero obtenido íbamos a comprar una casa rodante para recorrer el país pero apenas nos alcanzó para una Mitsubishi Lancer, en su versión furgoneta”, cuenta Germán Kronfeld.

 

         

La Mitsubishi hizo las veces de transporte y de casa durante los tres meses que estuvieron en ese país, debiendo pasar todas las cosas del baúl hacia la parte delantera del auto para extender los colchones que permitieran dormir, y durante el día invertir los términos pasando todo lo de adelante hacia la parte de atrás.

“En el auto teníamos todo lo que precisábamos menos una cocina. Para cocinar había que salir a buscar algo que en Nueva Zelanda hay en todos lados: las parrillas públicas. Son unas especies de planchas que están en los parques y playas para ser usadas de manera gratuita, que vos vas, apretás un botón y se empieza a calentar durante unos veinte minutos hasta que se apaga automáticamente. Cocinás, limpiás y queda listo para que venga otra persona y lo use”, recuerda Germán con cierto aire de fascinación.

Mal acostumbrados a las facilidades que les brindaba el pequeño país de Oceanía, viajaban a cualquier lugar con la seguridad de que no tendrían problemas para cocinar. Hasta que llegaron a Matamata -el mítico lugar convertido en centro de atracción turística debido a que allí se filmaron varias escenas de “El señor de los anillos”- donde no pudieron encontrar ninguna plancha pública, debido a ciertas reformas realizadas en los parques.

Lo peor de todo es que habían comprado un pedazo de carne que a partir de ahora pasaría por una odisea de eventos hasta encontrar un lugar donde asarse. Alguien les informó por ejemplo, de la existencia de unas “parrillas de un solo uso” que podían adquirirse en una ferretería industrial y hacia allí se dirigieron. Se trata de unas bandejas de unos 30 por 20 centímetros hechas de papel de aluminio que arriba tienen una parrillita y en medio carbón. El carbón se enciende, y mientras se calienta la comida la parrilla se quema.

 

Al llegar al lugar las buscaron con denuedo por las góndolas sin encontrarlas y cuando preguntaron, se le informó que se acababan de agotar. Cuando salieron de la ferretería vieron una pareja que vendían una especie e chorizos al pan, que estaban con un cartel donde decía que con la compra colaboraban con un grupo de voluntarios. Los chorizos los asaban en una parrilla y les preguntaron si acaso podían cocinar su pedazo de carne allí; ellos accedieron y mientras esperaban que estuviera a punto, se pusieron a conversar.

“Nos preguntaron qué estábamos haciendo allí y dónde vivíamos y nosotros señalamos en dirección al estacionamiento donde se hallaba la Mitsubishi. Empezamos a trabar buena onda con ellos hasta que en un momento nos cuentan que tenían tres hijos, dos de los cuales estaban estudiando en el exterior y dado que sus habitaciones estaban vacías, si queríamos podíamos ir a vivir a su casa para descansar un poco de tanto dormir en el auto. O sea que de hablar con dos tipos que estaban juntando dinero para el campamento boy scout de su hijo, terminamos conversando con Mark y Susan, dos personas que pasaron a ser nuestra familia mientras vivimos allí”, relata Nicolás Kromfeld.

“Este evento nos cambió el modo de viajar, porque nos demostró que entre los lugares turísticos que queríamos visitar, había gente con la que compartir cosas y empezamos a conocer mucho sobre la vida de los neozelandeses y las historias de las personas, todo por pedir que nos cocinaran un pedazo de carne”, agrega Germán.

 

 

CAMBIO DE ENFOQUE

 

Está la gente que se toma un avión y baja en el aeropuerto del país al que va, visita los lugares típicos, las grandes tiendas, las salas de espectáculos, y se pierde la gente, sus costumbres, su pueblito entre las montañas, el extraño paraje donde todas las noches baja una niebla inexplicable cubriéndolo todo.

Se conoce mejor la esencia de un lugar llegando por tierra, caminando su geografía, mojándose en sus cañadas y lagos, mezclándose con las poblaciones y sus peripecias, encontrando historias de vida.

Cuando Nicolás y Germán se percataron de ello, decidieron dejar de esperar que de manera fortuita las historias se les cruzaran en el camino como les había sucedido hasta el momento, y empezaron a buscarlas priorizando los vínculos, sin dejar por ello de visitar los centros de interés propios de cada lugar como por ejemplo, el Taj Mahal en la India.

                            

 

Ubicado en la ciudad de Agra, el famoso templo cierra sus puertas a los turistas todos los viernes, día preciso en que a los hermanos Kronfeld se les ocurrió llegar. Para atenuar la frustración, no les quedó más remedio que aceptar una recorrida por la ciudad que un taxista les ofreció, con la promesa de mostrarles una serie de maravillas ocultas.

“Enseguida nos dimos cuenta que tales maravillas no existían y que el taxista solo quería vendernos un pasaje diario con él. A sabiendas que no había nada al final del viaje, nosotros cambiamos el juego aprovechando más las recorridas que las llegadas a esos lugares que no tenían ningún valor, y en ese aprovechamiento pegamos muy buena onda con Quique -que así se llamaba el taxista- hasta el punto de invitarnos a cenar a su casa. Nosotros aceptamos enseguida porque era lo que nos habíamos propuesto: entrar a las casas de la gente y conocer de cerca una familia de la India y sus costumbres”, confiesa Nicolás.

Compartiendo los alimentos que se servían en esa casa, tomaron contacto con platos que seguramente estaban entre los más picantes del mundo, y conectaron a su vez con la situación excesivamente subordinada de la mujer india, que debía dormir en el suelo mientras el hombre lo hacía sobre una cama, y que solo podía servirse alimentos una vez que los varones se sintieran saciados del almuerzo o cena que ella misma había preparado.

Otra cosa que les provocó extrañeza fue la existencia de un cuarto vacío en la vivienda, que en uno de los rincones tenía una caja de madera chiquita con la imagen de uno de los dioses indios en su interior, y que cumplía la función de templo, de lugar de la casa donde todas las mañanas, sus habitantes concurrían a rezar.

 

MENTIRAS VERDADERAS

 

               

Si uno nunca sale de su país está condenado a creer por el resto de su vida, una serie de supuestos y rumores que se repiten como verdades incontrastables. El himno uruguayo, por ejemplo, es el segundo mejor himno del mundo después de La Marsellesa, hasta que se llega a Chile o a Colombia y oye que sus habitantes, dicen eso mismo sobre sus respectivos himnos nacionales. O los porteños son todos unos babosos, hasta que toca instalarse en Buenos Aires y se descubre que se puede estar entre ellos sin sentirse baboseado.

Lo mismo les ocurrió a Nicolás y Germán Kronfeld cuando tocaron territorio ruso. Llevaban en sus billeteras de presunciones la foto de un ruso frío, alcohólico y grandote, escasamente simpático con los occidentales y hasta violento con los extranjeros, y se encontraron con gente atenta y amigable, a la que le habían contado sobre nosotros, las mismas cosas feas que aquí se dice sobre ellos.

Estaban convencidos, cuenta Germán, que los medios de comunicación occidentales no eran libres y que no vivíamos en países democráticos, y fue realmente muy gracioso enterarse, que el juego que aquí conocemos como “montaña rusa”, en sus parques de diversiones se denomina “montaña americana”.

“Para recorrer Rusia usamos una red social llamada “CouchSurfing” que es algo así como un Facebook de personas que tienen un espacio en sus casas para compartir. Si vas a un lugar y no tenés donde quedarte, allí podés comunicarte con alguien que ofrece un lugar a cambio de algún interés que ellos tengan, y así se van generando ayudas mutuas. Igual que en las redes de occidente, publicás tu perfil, tus gustos personales, chateás con otros, y si hay coincidencia, la persona que ofrece su casa te dice que te quiere recibir”, explica Germán.

La casa donde recalaron era muy pequeña y quien los recibía les había advertido sobre esa particularidad, dejándolos en libertad para buscar otra opción en caso de no sentirse cómodos.

“Se trataba de un monoambiente con baño y cocina donde vivían un matrimonio y su pequeño hijo. Ellos nunca habían recibido gente proveniente de Uruguay y en ese sentido, éramos como una figurita que faltaba en su álbum de visitantes de otros países que se habían alojado allí”, rememora Nicolás.

 

LOS AUTORES

 

Nicolás y Germán hablan muy rápido, son entradores y tienen sentido del humor. Más que presentadores de un libro, por momentos parecían hábiles estandaperos relatando con gracia las anécdotas jocosas que les habían sucedido en su viaje de 1117 días por una cantidad impresionante de países.

Dar cuenta de todo ese recorrido en una presentación no era posible, así que luego de narrar el pasaje de tres meses por Rusia, cerraron la exposición hablando de las experiencias vividas en Mongolia y Japón. El resto está en un libro que aparenta ser ameno, y que tiene el interés de ofrecer una cantidad de saberes desconocidos a todo aquel que no ha viajado tanto, o que lo ha hecho de una manera más convencional.

 

Leonardo Scampini

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