periodismo cultural y nueva obra

 

 

at home

 

Onkel Seff es un jeropa. El típico asocial que subsiste gracias a las miradas al costado del resto de la sociedad, compuesta, en su mayoría, de asociales como él. Onkel Seff vive en una casa rodante que tiene estacionada en un predio cerca del aeropuerto en el que trabaja. Su familia, tan asocial como Seff, no quiere saber nada de su vida. Entonces Seff se compró una casa rodante de tercera o cuarta mano, sin ducha ni nada, y vive en el predio que está en las cercanías del lugar en el que trabaja, el aeropuerto de Zürich. Del predio, que en realidad es un estacionamiento, tiene que salir cada tres o cuatro días, para volver a estacionar, porque a la entrada hay un sensor que registra las patentes de los vehículos. Aquellos que no salen en determinado tiempo hacen sonar una alarma que está conectada a la central de policía. Muchos helvéticos suelen elegir los estacionamientos para suicidarse. O las vías. Debido a ese motivo esos lugares tienen especial atención. Seff es compañero mío de laburo. Cargamos y descargamos aviones. Estibadores aéreos en tacto con la cadencia del aeropuerto. Seff, en las pausas, entre carga y descarga de aviones, suele fumar e-cigarettes, porque es cool, y es, según las mentes que pueblan los medios sociales, más sano que los cigarrillos tradicionales. El humo, la humareda, es la misma, peor, nubes de e-tóxicos poblando el recinto en donde la troupe descansa, juega cartas, habla de ficticias aventuras amorosas, autos, juegos de play-stations. Seff es el típico suizo de estrato social bajo, sin educación ni perspectivas, que suele cargar su malheureuse vida en las espaldas de los demás. Su vida es una mierda por culpa del resto del planeta. Él es una víctima de la sociedad eurocentrista, de los astros, de sus gustos sexuales, de su negación a hilvanar frases que denoten cierta tendencia a la inteligencia que solemos asociar al ser humano. Onkel Seff larga humo, entre avión y avión, maldiciendo la desgracia de tener que sacar la casa rodante del estacionamiento cada tres o cuatro días antes que la policía, linterna en mano, escudriñe por la noche a través de los vidrios de su morada sobre ruedas, en busca de su presunto cadáver.

 

Pe-Ann es la novia de Onkel Seff. Se conocieron en un sitio de citas online. Pe-Ann vive en un suburbio alejado una treintena de quilómetros de Bangkok. Pe-Ann es tailandesa, sonrisa de oreja a oreja, pelo largo y renegrido, flaca, diminuta, bonita. La contrapartida física de Onkel Seff que es vasto, amplio, tosco, no sonríe nunca, o si lo hace pasa desapercibido tras su nube propia de e-humo. Onkel Seff, aprovechando las rebajas que los trabajadores tenemos en el aeropuerto, se compró un ticket a Bangkok para visitar a Pe-Ann. Ella lo fue a esperar a la terminal internacional y juntos, en taxi, tras un beso en la mejilla, sin intercambiar demasiadas frases en rudimentario inglés, tomados de la mano, llegaron al cuartito que le oficiaba de domicilio. Una sola puerta de entrada y salida, por la que se colaba la intensa luz, iluminaba las pocas pertenencias de la chica que estaban prolijamente ordenadas y en su sitio. Una mesa, dos sillas, una tele, una heladera, una cama de dos plazas, un plato de comida típica esperando para ser calentado en el microondas situado encima del único armario. Eso se lograba ver en la primera foto que Onkel Seff publicó en Facebook.

 

         

 

Los días pasaron, las publicaciones en Facebook aumentaron su intensidad, su colorido. Onkel Seff y Pe-Ann en un parque de diversiones, el pelo de ella tapando a medias su cara, con la mano izquierda sobre su hombro, y la rueda gigante adivinada detrás, en las proximidades. Otras parejas sonrientes atravesaban el marco de la fotografía. Un niño, con máscara, capa y uniforme de superhéroe asiático, el puño erguido, salía en un ángulo de la misma, inmortalizado para siempre en una pose congelada que atravesaba los cielos imaginarios de su mente de niño, volando para rescatar a la humanidad del flagelo del día. Onkel Seff y Pe-Ann en un restaurante, la mesa rebosante de alimentos humeantes, bebidas y servilletas usadas. Ella mirando con la eterna sonrisa estampada en la cara y él con una mueca gardeliana, la comisura de los labios del lado izquierdo más baja que la del lado derecho, los ojos glaucos con una pequeña luz incipiente, un brillo que podría haber sido provocado por el flash del celular al tomar -sin dudas un mozo por el atisbo de pulgar sobre el objetivo- la foto. Unas lujuriosas plantas, rebosantes de tropicidad y exotismo, completaban la felicidad de extranjería que exudaba el posteo. Onkel Seff y Pe-Ann tirados en la cama, abrazados. El o la selfie los mostraba unidos en un solo ser. Un amasijo amoroso de brazos, piernas y caras en la cama revuelta. Una luz tenue venía desde uno de los costados. Onkel Seff sonreía y una de las manos, que parecía salir desde las profundidades mismas de sus cuerpos unidos, sostenía una hoja de papel en la cual se podía leer, escrito en letras mayúsculas y varias veces subrayado AT HOME.

 

Los posteos, las señales de Onkel Seff desde Bangkok se interrumpieron. Pasaron los días, las semanas, los meses, y nadie tuvo una noticia cierta del paradero de nuestro -a estas alturas ex- compañero de trabajo. Nos contaron los empleados de la estación de servicio que se encuentra a la entrada del predio-estacionamiento que una grúa de la policía llevó la casa rodante de Onkel Seff al depósito municipal al pasar el lapso establecido. Primero se vieron luces de linterna, la noche anterior, escudriñando a través de los vidrios, supongo que por las -cadavéricas- dudas. En caso que algún día decida volver el valor de la multa ha superado ya con creces el de la de su antigua morada trashumante.

Lo solemos imaginar, entre avión y avión, cuando la troupe descansa y nos aburrimos de jugar a las cartas y contar ficticias aventuras amorosas, en algún suburbio de Bangkok escondido tras su nube propia de e-humo, sonriendo de oreja a oreja, en su nueva vida sedentaria, lejos de estacionamientos de sociedades desinteresadas de la suerte de los individuos que la conforman. Por fin at home.

 

Wilmar Berdino

 

 

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Wilmar Berdino nació en Maldonado y vive en Suiza desde hace cerca de tres décadas. Escribió en publicaciones under como "Mole-q-lar" y "Viajero de piedra muerta" y fue colaborador de la revista "Relaciones".  Cuando se jubile, piensa volver a establecerse en Uruguay.